Familismo y comunitarismo vs. Familia y comunidad
Gerardo Ferrara - Expertos - ETWN

«Tengo familia»

Tengo famiglia” (“tengo familia” en español, pero una traducción extensiva más correcta sería: “esto lo hago por mi familia”) es una expresión icástica italiana, acuñada por el escritor e intelectual Leo Longanesi, quien quería representar una cierta mala praxis, presente en la “cultura latina”, de encubrir o justificar diversos crímenes o malas actitudes (como robar, no pagar impuestos, corromper y ser corrompido) con la excusa de hacerlo por su propia familia, o en todo caso por una razón válida, justificable.

Aunque, por supuesto, esta expresión corre el riesgo de hacer que se formulen juicios estereotipados sobre la sociedad y la cultura latina en general, podría no obstante ser representativa de cierta tendencia “romana” (y por “romana” no nos referimos a la ciudad de Roma) a “normalizar”, o aceptar como un hecho, varias actitudes completamente erróneas en nombre de un supuesto “interés superior”.

En ámbito secular, por ejemplo, esto podría traducirse en el llamado “familismo amoral”, un concepto sociológico introducido por Edward C. Banfield en su libro de 1958 The Moral Basis of a Backward Society.

El familismo amoral

Bansfield desarrolló esta teoría a partir de estudios realizados en la región de Basilicata, en el sur de Italia, para intentar comprender por qué algunas sociedades son más “atrasadas” o problemáticas que otras.

La cultura de estas sociedades, pues, presentaría una concepción extrema de los lazos familiares en detrimento de la capacidad de asociación y del interés colectivo. Los individuos parecerían actuar siguiendo la regla de maximizar únicamente los beneficios materiales a corto plazo de su propio núcleo familiar, suponiendo que todos los demás se comportan de la misma manera.

Por tanto, sería esta ética particular de las relaciones familiares la causa del atraso. Bansfield llamó su teoria “familismo amoral” porque el individuo sólo perseguiría el interés de su propio núcleo familiar, y nunca el de la comunidad, lo que exige la cooperación entre parientes no consanguíneos; y lo haría de forma a-moral porque, con esta actitud, aplicaría las categorías del bien y del mal sólo a los miembros de su familia, y no a los miembros de la comunidad (los ciudadanos del estado, la sociedad, etc.).

Cuando solo se persigue el interes del propio grupo familiar sobre el de la comunidad

El familismo amoral en el ámbito eclesiastico o político: el nepotismo 

En el ámbito eclesiástico y político, el familismo amoral coincide con el nepotismo, que se produce cuando quienes detienen la autoridad o poderes particulares favorecen a sus propios familiares (o amigos íntimos), debido a la relación familiar y de amistad que tienen con ellos y no a las habilidades y competencias reales que éstos poseen. El término proviene de la palabra latina nepos, que significa “nieto” o “sobrino” (ya que hubo en la Edad media algunos papas que tuvieron hijos ilegítimos que reconocieron como sobrinos).

En la Iglesia o en la política puede acontecer, pues, que un hombre de poder o un eclesiástico contratan o ascienden, en cargas más o menos importantes, a un pariente o a un amigo en lugar de a un extraño más calificado, lo que lleva a una concentración de poderes en manos de pocas personas o familias o grupos, dificultando el acceso meritocrático a las instituciones y, por consecuencia, el buen funcionamiento de estas instituciones, lo que puede llevar a la pérdida de independencia y de credibilidad moral de ellas.

El Consecuencias del familismo en la familia y la sociedad

En el ámbito familiar y social, las consecuencias del familismo son varias pero solamente mencionamos tres:

  • Ya no se persigue el interés común, sino su propio provecho o él de su propia familia o grupo;
  • Se considerará como enemiga aquella persona o institución que pretenda actuar en el interés público o según una visión más amplia;
  • Falta de identificación con los fines de la organización a la que se sirve y de vocación o sentido de misión.

A nivel de la sociedad civil, todo esto se traduce en algunas derivaciones que pueden ser dramáticas. Pensemos, por ejemplo, en el votar por un partido o representante político que no represente el bien mayor de la sociedad pero que me haya hecho ciertas promesas a mí o a mi familia a cambio de mi apoyo; o en contratar o haber contratado, en una empresa pública privada, a un trabajador solamente porque es pariente o amigo aún no siendo la mejor opción para esa empresa en particular; en tratar de manera diferente a ciudadanos o empleados en base a lazos familiares o de amistad y no en base a sus habilidades y valores morales y personales.

Eso, desde un punto de vista cristiano, significa privilegiar los intereses privados y personales o familiares, olvidando la doctrina social de la Iglesia que, en documentos como Gaudium et spes (32), señala lo siguiente: “Dios ha elegido a los hombres no solamente en cuanto individuos, sino también a cuanto miembros de una determinada comunidad. [—] Esta índole comunitaria se perfecciona y se consuma en la obra de Jesucristo. [—] Primogénito entre muchos hermanos, constituye, con el don de su Espíritu, una nueva comunidad fraterna entre todos los que con fe y caridad le reciben después de su muerte y resurrección, esto es, en su Cuerpo, que es la Iglesia, en la que todos, miembros los unos de los otros, deben ayudarse mutuamente según la variedad de dones que se les hayan conferido”.  

En este sentido podemos mencionar también las palabras del mismo Jesucristo, quien afirmó haber venido a la tierra para que esté “el padre dividido contra el hijo, y el hijo contra el padre; la madre contra la hija, y la hija contra la madre; la suegra contra su nuera, y la nuera contra su suegra”, lo que no es obviamente crear enemistad entre los miembros de una misma familia, sino sancionar que la pertenencia a la comunidad humana y cristiana, que tiene como base el bautismo, va incluso más allá de los lazos de sangre. ¡No se puede vivir el paraíso en una familia con indiferencia y burguesismo, sin pensar que los demás a lo mejor viven el infierno!

«

El papa Francisco, en su discurso del 25 mayo de este año ante la Asamblea General de los obispos italianos, «El clericalismo es una perversión, pero cuando el clericalismo entra en el laicado, es terrible”

El riesgo del familismo y clericarismo (o comunitarismos) en la iglesia

Las consecuencia de una visión familista y comunitarista, a nivel eclesiástico, son aún peores. ¿Cómo no pensar en el cierre, la autorreferencialidad, el clericalismo, el intentar a toda costa querer esconder la cabeza en la arena aún frente a tantos escándalos, abusos de poder y más? El querer “proteger” a algunos miembros de su propia comunidad y familia religiosa, quizás con la intención de no armar escándalo o solamente por falta de coraje y paternidad, en realidad no hace más que inflar situaciones ya precarias que al final estallan no sólo provocando un escándalo aún mayor sino algo más peligroso: la pérdida de credibilidad de los hombres de la Iglesia, a pesar de la enorme labor que la misma Iglesia lleva a cabo cada día para el bienestar espiritual y humano de millones de hombres y mujeres en todas partes del mundo.

El papa Francisco, en su discurso del 25 mayo de este año ante la Asamblea General de los obispos italianos, que en su último día de trabajo se extendió también a los responsables laicos del “camino sinodal”, declaró que “a veces se tiene la impresión de que las comunidades religiosas, las curias, las parroquias siguen siendo demasiado autorreferenciales. Parece que se cuela una especie de ‘neoclericalismo defensivo’, algo encubierto, generado por una actitud temerosa, por la queja ante un mundo que ya no nos comprende, por la necesidad de reiterar y hacer sentir su propia influencia”. El papa, pues, considera la autorreferencialidad como una “enfermedad de la Iglesia”, de la que “están afectados obispos, sacerdotes y religiosos, pero ahora lamentablemente también los laicos como consecuencia negativa de su (teórico) enaltecimiento. El clericalismo es una perversión, pero cuando el clericalismo entra en el laicado, es terrible”.

Hacia una mayor «sinodalidad» en la iglesia.

En el mismo discurso que ya mencionamos, el papa instó a escuchar las voces que aún hoy en la Iglesia “son tapadas cuando no silenciadas o ignoradas”, las voces de “aquellos que se sienten inadecuados, tal vez porque tienen trayectorias de vida difíciles o complejas. Y muchas veces son excomulgados a priori”.

Son palabras fuertes que se inscriben en un camino ya trazado por Francisco desde el inicio de su pontificado, el de la lucha contra el clericalismo y el restablecimiento de una mayor sinodalidad en el seno de la Iglesia católica, como ya deseaban sus predecesores, desde Juan XXIII, pasando por Pablo VI hasta Juan Pablo II y Benedicto XVI. Según el papa, este camino sinodal debería producir “comunidades cristianas en las cuales se amplíe el espacio, donde todos puedan sentirse en casa, donde las estructuras y los medios pastorales favorezcan no la creación de pequeños grupos, sino la alegría de ser y sentirse corresponsables”.

¿Pero qué es la sinodalidad? “Sínodo” deriva del griego σύνoδος y es una palabra compuesta por la preposición σύν (syn) y el sustantivo ὁδός (odós), e indica el camino que recorren juntos los miembros del Pueblo de Dios, unidos, como lo explica San Juan Crisóstomo, por un mismo sentir (ὁμονοία). Se puede traducir en latín como synodus o concilium.

Ya a finales del Concilio Vaticano II, convocado por Juan XXIII, dice papa Francisco que Pablo VI “se había dado cuenta de que la Iglesia en occidente había perdido la sinodalidad”. Sin embargo, esta sinodalidad “no es buscar la opinión de la gente, ni ponerse de acuerdo”, sino perder perder esa autorreferencialidad que siempre es un riesgo en todo grupo social, institución, comunidad.

En este sentido, parece, dice el papa Francisco, que esta autorreferencialidad “es un poco como la teología del espejo: me miro en el espejo, me maquillo, me peino bien… Es una hermosa enfermedad ésta, una hermosa enfermedad que tiene la Iglesia: autorreferencialidad, mi parroquia, mi clase, mi grupo, mi asociación”.

 “cultivar el deseo de reconocer al otro en la riqueza de sus carismas y de su singularidad. De este modo, los que todavía luchan por ver reconocida su presencia en la Iglesia, los que no tienen voz, pueden encontrar su lugar”

El derecho de todos a ser escuchados

La visión de la Iglesia del futuro, según papa Francisco, es, pues, la de un hogar, de una familia donde todos, sacerdotes, religiosos y laicos, puedan, según una expresión italiana derivada del yergo eclesiástico, “avere voce in capitolo”, es decir tener el derecho a ser escuchados, como los religiosos cuando tienen su capítulo general.  Hay que “cultivar el deseo de reconocer al otro en la riqueza de sus carismas y de su singularidad. De este modo, los que todavía luchan por ver reconocida su presencia en la Iglesia, los que no tienen voz, pueden encontrar su lugar”. Por esta misma razón, se necesitan “comunidades cristianas en las que se amplíe el espacio, donde todos puedan sentirse en casa, donde las estructuras y los medios pastorales favorezcan no la creación de pequeños grupos, sino la alegría de ser y sentirse corresponsables”.

Concluye papa Francisco afirmando que “una Iglesia sinodal lo es porque tiene una viva conciencia de caminar en la historia en compañía del Resucitado, preocupada no por salvaguardarse a sí misma y a sus propios intereses, sino por servir al Evangelio con un estilo de gratuidad y de cuidado, cultivando la libertad y la creatividad propias de quien testimonia la buena noticia del amor de Dios permaneciendo arraigado en lo esencial. Una Iglesia lastrada por las estructuras, la burocracia y el formalismo tendrá dificultades para caminar en la historia, al compás del Espíritu, al encuentro de los hombres y mujeres de nuestro tiempo”.

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Los Derechos Humanos: vistos desde el Cristianismo y desde el Islam
Gerardo Ferrara - Expertos - ETWN

El origen cristiano del concepto de libertad en Occidente

El gran filósofo alemán Georg Hegel, en su obra Introducción a la historia de la filosofía, afirmó que “los griegos y los romanos – sobre todo los asiáticos – no sabían nada de este concepto [de libertad], es decir, de que el hombre, en cuanto hombre, nace libre, que es libre. [—] Sin duda sabían que un ateniense, un ciudadano romano, un ingenuus, es libre, sabían que había libres y no libres; precisamente por eso no sabían que el hombre, en cuanto hombre, es libre; el hombre en cuanto
hombre, es decir, el hombre en general (universal), el hombre tal como lo concibe el pensamiento, tal como es concebido en el pensamiento.

En la doctrina cristiana empezó a surgir la teoría de que ante Dios todos los hombres son libres, que Cristo ha liberado a los hombres, los ha hecho iguales ante Dios, los ha liberado para la libertad cristiana. Estas determinaciones hacen a la libertad independiente del nacimiento, del lugar, de la cultura, etc., y es extraordinario el avance que se ha logrado con esto; pero estas determinaciones aún no son distintas de aquello que constituye el concepto de hombre para ser un hombre libre. El sentimiento de esta determinación ha impulsado durante siglos, durante  milenios: este impulso ha producido las más formidables revoluciones, pero (el pensamiento) el concepto de que el hombre es libre por naturaleza; [—] este conocimiento, este saber de sí mismo, no es muy antiguo, lo tenemos como un prejuicio; este saber se comprende por sí mismo”.

La moral base del derecho

Es una larga cita pero nos permite conocer, según el pensamiento de este gran filósofo, cuál es el origen de la idea de libertad que tenemos en Occidente, por lo cual el filósofo y político italiano Marcello Pera afirmó, a su vez, que “los derechos humanos son (debidos a, basados en) una opción moral. Nunca como en este caso la moral es la base del derecho. Si se escribe en una ley jurídica que todos los hombres son iguales, es porque se cree que existe una ley moral que establece que todos los hombres deben ser iguales. Es la ley moral la que da fuerza a nuestros derechos fundamentales. Es la ley moral la que los hace intangibles. Es la ley moral la que los hace universales” Y esta ley moral es “la ley moral cristiana”.

La Iglesia católica misma, en su Catecismo, declara que “Dios ha creado al hombre racional confiriéndole la dignidad de una persona dotada de la iniciativa y del dominio de sus actos. [—] La libertad es el poder, que radica en la razón y en la voluntad, de obrar o de no obrar, de hacer esto o aquello, de ejecutar así por sí mismo acciones deliberadas. Por el libre arbitrio cada uno dispone de sí mismo. [—] La libertad se ejercita en las relaciones entre los seres humanos. Toda persona humana, creada a imagen de Dios, tiene el derecho natural de ser reconocida como un ser libre y responsable. Todo hombre debe prestar a cada cual el respeto al que éste tiene derecho. El derecho al ejercicio de la libertad es una exigencia inseparable de la dignidad de la persona humana, especialmente en materia moral y religiosa. Este derecho debe ser reconocido y protegido civilmente dentro de los límites del bien común y del orden público”.

«Es la ley moral la que da fuerza a nuestros derechos fundamentales. Es la ley moral la que los hace intangibles. Es la ley moral la que los hace universales”

La «tradición» en el cristianismo y en el islam

¿Cómo evolucionó la idea de libertad del hombre, y los derechos que le corresponden en cuanto hombre, en el pensamiento cristiano y en el islámico? Pues, de forma distinta, ya que son dos sistemas de pensamiento diferentes, sobre todo en lo que se refiere a la identificación respectiva de la deidad y sus atributos y, por consiguiente, a la interpretación de los respectivos textos sagrados, o tradición. La  visión diferente de la libertad del ser humano, en el cristianismo y en el islam, puede, de hecho, atribuirse tanto a una cuestión religiosa y cultural como a los límites impuestos por la aplicación, la puesta en práctica de lo que enseñan los relativos textos sagrados, la Biblia por un lado y el Corán por otro.

En el cristianismo, en el catolicismo en particular, vemos que “los libros enteros del Antiguo y Nuevo Testamento con todas sus partes, porque, escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios como autor y como tales se le han entregado a la misma Iglesia. Pero en la redacción de los libros sagrados, Dios eligió a hombres, con sus propias facultades y medios, de forma que obrando El en ellos y por ellos, escribieron, como verdaderos autores, todo y sólo lo que El quería. [—] Habiendo, pues, hablando Dios en la Sagrada Escritura por hombres y a la manera humana, para que el intérprete de la Sagrada Escritura comprenda lo que El quiso comunicarnos, debe investigar con atención lo que pretendieron expresar realmente los hagiógrafos y fiel a Dios manifestar con las palabras de ellos” (Const. Dei Verbum).

Lo que significa que se admite que el corpus de textos sagrados tiene sí a Dios como autor, pero en definitiva quienes escribieron los textos fueron hombres inspirados por Dios. Dichos hombres, como cada ser humano, tenían limitaciones de comprensión, lengua, tiempo, cultura y espacio. Por tanto, la Escritura no debe entenderse como una tabla de piedra con Dios trazando sus palabras con el dedo, ni dictada por el mismo Dios, sino que debe interpretarse de manera “crítica”, o sea mediante una hermenéutica basada en múltiples disciplinas: el método histórico-crítico, el análisis lingüístico, textual, comparativo, etc.

En la práctica, fe y razón, religión y ciencia, revelación y tradición van de la mano y permiten a los fieles recibir correctamente las que son las enseñanzas divinas, a través del sello constituido por la tradición apostólica y la enseñanza de la Iglesia. Además, la famosa sentencia “dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios”, una frase dicha por Jesús y contenida en los Evangelios, forma la base de lo que se conoce como separación de poderes en el cristianismo.

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En la visión cristiana y occidental, el hombre, en cuanto hombre, es libre. Y estamos hablando de cada hombre, cristiano o no cristiano.

La visión del Islamismo

En el islam, por lo contrario, semejante separación no existe, ya que hay una unión inseparable del poder divino y de la autoridad temporal. De hecho, el trabajo constructivo para deducir el “derecho”, la “ley” (en árabe: la sharía) tanto religiosa como secular, se hace a partir de cuatro fuentes (el Corán, la sunna, el quiyás y el iyma) y se llama iŷtihad (de ŷ-h-d, la misma raíz que el término yihad), o “esfuerzo intelectual”. El esfuerzo en cuestión, una verdadera elaboración del derecho positivo islámico, basado sin embargo en una palabra “revelada”, perduró hasta alrededor del siglo X, cuando se formaron las escuelas jurídicas (madhab), después de lo cual “las puertas del mismo iŷtihād” se consideran oficialmente cerradas. Desde entonces, pues, tan solo se puede aceptar lo que ya se consideró resuelto o elaborado hasta aquel momento, sin introducir más innovaciones (bid‛a).

Por ejemplo, los más rígidos en tener cerradas las puertas del iŷtihad (es decir, los más conservadores y fundamentalistas en considerar que todo lo que se introdujo posteriormente a la época de Mahoma en el islam debería estar prohibido) son los wahabitas (fundados por Muḥammad ibn ‛Abd-el-Waḥḥab: la doctrina wahabita es la oficial del reino de los Sa‛ūd, monarcas absolutos de Arabia Saudita), también y mejor conocidos (ellos y exponentes de otros movimientos parecidos) como salafistas (por ejemplo los Hermanos musulmanes). Según la visión salafista, pues, dentro de la doctrina islámica se introdujeron innovaciones excesivas; por lo tanto, es necesario volver a los orígenes, a la edad de oro, la de los padres (Salaf as-Salih), en particular la de la vida de Mahoma en Medina y de sus primeros sucesores, o califas. Es verdad que en el islam hay distintas escuelas jurídicas, sectas y corrientes pero sí es verdad que en ningún país islámico se pueden aceptar cosas que están consideradas normales en un país de Occidente.

La visión del hombre: Base del discurso sobre los Derechos Humanos

Como ya hemos visto,  Los derechos del hombre, por lo tanto, están basados en la ley natural, aunque esta ley natural se ha podido reconocer solamente a través de una opción moral, o revelación, que es la del cristianismo. Por cierto, hay que añadir que “la libertad es en el hombre una fuerza de crecimiento y de maduración en la verdad y la bondad. La libertad alcanza su perfección cuando está ordenada a Dios, nuestra bienaventuranza. [—] En la medida en que el hombre hace más el bien, se va haciendo también más libre. No hay verdadera libertad sino en el servicio del bien y de la justicia” (Catecismo de la Iglesia Católica). Esta orientación al bien como base de la libertad, según Hegel, presupone que, “[para el cristianismo] el individuo como tal tiene un valor infinito, y siendo objeto y fin del amor de Dios, está destinado a tener una relación absoluta con Dios como espíritu”.

Eso significa que toda persona debe su ser a un acto de libertad de Dios, y por lo tanto la libertad humana se sitúa dentro de una relación: la relación entre Dios y la persona humana. La libertad humana, pues, tiene un principio, una causa, y tiene también un objetivo, un sentido, una “misión”, como lo diría el Cardenal italiano Carlo Caffarra (1938- 2017), ser como Dios al interior de una relación con él, una relación que se va profundizando a lo largo de la existencia de cada ser humano y que hace que el sentido de la vida no haya que inventarlo, sino descubrirlo a cada paso.

En el islam, sin embargo, la visión del hombre y de su vida es algo distinta. Lo explica bien el filósofo y pensador ruso Vladímir Soloviev (1853-1900), subrayando la ausencia, en el islam, “del ideal de la perfección humana o de la unión perfecta del hombre con Dios: el ideal de la auténtica humanidad divina. El islam [—] solamente requiere una sumisión general a Dios y la observancia en su propia vida natural de esos límites externos que han sido establecidos por los mandamientos divinos. La
religión sigue siendo solo el fundamento inquebrantable y el marco siempre idéntico de la existencia humana y nunca se convierte en su contenido interno, su significado y su propósito. Si no hay un ideal perfecto que el hombre y la humanidad deben lograr en sus vidas con su propia fuerza, esto significa que para estas fuerzas no hay una tarea precisa, y si no hay una tarea o un fin para alcanzar, está claro que no puede haber movimiento hacia delante”.

Las raiz cristiana, base en evolución del pensamiento sobre el hombre y sus derechos inalienables.

Evolución en el pensamiento sobre el hombre y sus derechos inalienables.

Todo esto lleva a considerar cómo ha habido una Por un lado, la visión cristiana dio lugar, absurdamente (pero no tan absurdamente) a nuestro Estado liberal, que es un Estado laico, y por consiguiente a la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948), en la que el fundamento del derecho del hombre es el mismo hombre (derecho natural).

Por otro lado, la visión islámica dio lugar a la emisión de varias y posteriores Declaraciones de Derechos Humanos, en conflicto con la Declaración de la ONU en 1948 (definida por el entonces representante iraní, Sa’id Rajaie Khorasani, como “una interpretación laica de la tradición judeocristiana”), es decir: la Declaración Islámica de Derechos Humanos (1981), la Declaración de El Cairo de los Derechos Humanos del Islam (1990) y la Carta Árabe de Derechos Humanos (1984). Todas estas se caracterizan precisamente por ser islámicas, o sea, basadas en el derecho musulmán, siendo Dios el único legitimado para regular las relaciones entre los individuos (derecho divino) y por lo tanto rechazan necesariamente la Declaración de la ONU pues esta no podría aplicarse a los musulmanes sin violar la ley islámica, y ello porque en la Declaración de la ONU los derechos del hombre son inalienables y aplicables a cualquier ser humano; en la islámica, son de origen divino, sancionados en el Corán.

En la práctica, la ley religiosa islámica, cuyos fundamentos son el Corán y la sunna (hadiz), prevalece sobre la ley secular de cualquier estado, y ningún musulmán puede verse impulsado a violar la sharía. Por tanto, puede eximirse de cumplir la ley del estado si contradice la ley islámica (lo que también es un derecho humano sancionado por las Declaraciones islámicas). Algunos casos emblemáticos, en las Declaraciones islámicas, son: falta de igualdad entre hombres y mujeres (en los códigos de familia islámicos, aplicados en todos los países musulmanes, el hombre es superior a la mujer en materia de herencia, custodia de los hijos, repudio, etc.); denegación del derecho de apostasía (uno no puede convertirse del islam a otra religión, bajo pena de muerte); falta de libertad de religión (si, en la Carta de la ONU, está previsto que toda persona tenga derecho a manifestar su fe, incluso públicamente, en el islam este derecho está reservado a los musulmanes); falta de libertad de pensamiento y de expresión que, si bien está parcialmente garantizada, sin embargo se prohíbe o se controla si se supone algún peligro para la seguridad de la comunidad y del estado (control de medios de comunicación y redes sociales).

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Hilaire Belloc y los retos del cristianismo contemporaneo
Gerardo Ferrara - Expertos - ETWN

Un gran intelectual

Hilaire Belloc (1870-1953) fue un gran investigador, novelista, humorista y poeta británico. De origen francés, estudió en Oxford, sirvió durante algún tiempo en la artillería de Francia y más tarde, en 1902, tomó la ciudadanía británica. Fue miembro del Parlamento desde 1906 hasta 1910, año en que, debido a su creciente insatisfacción con la política británica, se retiró a la vida privada.

Belloc fue famoso, junto con otros autores, especialmente Gilbert Keith Chesterton (a Chesterton y Belloc se les llamaba los “Chestertonbelloc” por su cercanía humana e intelectual y por su intensa colaboración), por los debates que mantuvieron durante muchos años con varios intelectuales ingleses sobre temas relacionados con la fe cristiana y la cultura.

Algunos de los ensayos más famosos de Hilaire Belloc son El Estado servil (1912), Europa y la fe (1920), Isabel de Inglaterra, hija de las circunstancias (1922), Las grandes herejías (1936).

Característica del pensamiento de Belloc es la visión de la civilización de Occidente, y el concepto mismo de Europa moderna, como fundados en la combinación armoniosa de los principios espirituales cristianos y del sistema de pensamiento grecorromano. Cualquiera que sea la crisis, el desafío o el problema al que se enfrente el mundo occidental, las causas y las soluciones deben buscarse y encontrarse al interior de esta misma combinación de pensamiento de los principios espirituales cristianos y del sistema de pensamiento grecorromano.

El reto del pensamiento: las grandes herejías

Una ópera muy importante de Hilaire Belloc es el libro de 1936 Las grandes herejías.

En ello, Belloc identifica cinco grandes herejías del cristianismo que, en su análisis, resultan haber producido algunos de los peores males en la historia de la humanidad, porque, como recordábamos, la civilización occidental tiene sus raíces en el cristianismo pero también se ha difundido en todo el mundo. No parece excesivo, de hecho, afirmar que la mala interpretación de la verdad cristiana, o de ciertas partes de ella, afecta a toda la humanidad.

¿Pero qué es una herejía? La palabra deriva del latín haerĕsis, a su vez derivado del griego αἵρεσις, que significa “elección”, “opción”. El verbo principal, en griego, es αἱρέω, “elegir”, “separar”, “recoger” o incluso “quitar”.

Un hereje, pues, no es aquel que propugna una verdad totalmente diferente de la proclamada por la doctrina oficial contra la cual se arroja, sino alguien que cuestiona solo una parte de esa verdad. De hecho, Hilaire Belloc, definió la herejía como un fenómeno que tiene la característica de destruir no toda la estructura de una verdad, sino solo una parte de ella y, al extrapolar un componente de la misma verdad, deja un vacío o lo reemplaza con otro axioma.

Primera herejía: el arrianismo

La primera de las herejías que Belloc analiza en su libro es el arrianismo, que consiste en la racionalización y simplificación del misterio fundamental de la Iglesia: la Encarnación y la divinidad de Cristo (Jesús, verdadero hombre y verdadero Dios) y, por lo tanto, cuestiona la autoridad sobre la cual se funda la Iglesia misma.

Se trata esencialmente de un “ataque al misterio”, o sea una agresión contra lo que se considera el misterio de los misterios, ya que se pretende bajar al nivel del intelecto humano lo que, en cambio, va mucho más allá de la comprensión y visión limitadas del hombre.

El Concilio de Nicea (325) elaboró ​​un “símbolo”, es decir una definición dogmática relacionada con la fe en Dios, en la cual aparece el término ὁμοούσιος (homooùsios = consustancial con el Padre, literalmente “de la misma sustancia”), que se atribuye a Cristo.

Esta definición constituye la base dogmática del cristianismo oficial. El “Símbolo de Nicea” contrastaba fuertemente con el pensamiento de Arrio, quien en cambio predicó la creación del Hijo por el Padre y por lo tanto negó la divinidad de Cristo y la transmisión de los atributos divinos del Padre al Hijo y al cuerpo místico de Ésta, o sea la Iglesia y sus miembros.

Segunda herejía: el maniqueísmo

La segunda herejía que identifica Belloc es el maniqueísmo, fundamentalmente un ataque a la materia y a todo lo que concierne al cuerpo (los albigenses son un ejemplo de esta herejía): la carne es vista como algo impuro y cuyos deseos siempre se tienen que combatir.

Tercera herejía: la Reforma protestante

La Reforma protestante, es decir la tercera de las cinco grandes herejías individuadas por Belloc, es un ataque contra la unidad y la autoridad de la Iglesia, más que contra la doctrina de por sí, lo que produce una serie de herejías más.

El efecto de la Reforma protestante en Europa es la destrucción de la unidad del continente.

Hasta entonces, en efecto, estaba vigente el concepto de Res Publica Christiana, que, en la Edad Media, era la forma de definir Europa, según la expresión acuñada por Federico II.

Este concepto era la culminación de esa fusión entre la civilización grecorromana y la religión cristiana de la que hablábamos y que tenía como elementos unificadores el Imperio como institución política, el derecho romano como derecho común (jus), el latín como lengua de cultura y comunicación supranacional y el cristianismo (católico romano) como religión.

Todos los pueblos europeos estaban unidos en la mentalidad general y, sobre todo, en la fe religiosa. Con la Reforma, en cambio, cada referencia a la universalidad, a la catolicidad, se reemplaza por el criterio de nación y etnia (cuius regio, eius religio), con consecuencias evidentes y catastróficas que culminaron en el nacional-socialismo.

Cuarta herejía: el modernismo

La cuarta herejía, según Belloc, es la más compleja. Podría llamarse modernismo, pero el término alogos puede ser otra definición posible de ella, ya que aclara cuál es el corazón de esta herejía: no existe una verdad absoluta, a menos que no sea empíricamente demostrable y medible.

El punto de partida, como en el arrianismo, siempre es la negación de la divinidad de Cristo, precisamente por la incapacidad de comprenderlo o definirlo empíricamente, pero el modernismo va más allá, y en esto también puede llamarse positivismo: se identifican, pues, como positivos o reales solamente los conceptos científicamente probados: todo lo que no se puede demostrar simplemente no existe.

Esta herejía se basa esencialmente en una suposición fundamental: solo se puede aceptar lo que se puede ver, comprender y medir. Es un ataque no solamente al cristianismo pero también a la base misma de la civilización occidental, que es una derivación de este, un ataque a las raíces “trinitarias” de Occidente, donde con trinitarias no hacemos referencia a la Santísima Trinidad, sino a ese vínculo trinitario e inseparable que los griegos ya habían identificado entre la verdad, la belleza y la bondad. Sin embargo, como no es posible realizar un ataque contra una de las personas de la Trinidad sin atacar a las demás, de la misma manera no se puede pensar en cuestionar, por ejemplo, el concepto de verdad sin perturbar los de belleza y bondad.

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Belloc escribe que las cuatro herejías enumeradas hasta ahora tienen todas unos factores comunes: provienen de la Iglesia católica.

Efectos de las primeras cuatro herejías

Sus heresiarcas eran católicos bautizados; casi todas se han extinguido, desde un punto de vista doctrinal, en unos pocos siglos (las Iglesias protestantes, nacidas de la Reforma, aunque siguen existiendo, sin embargo conocen una crisis sin precedentes, excepto la pentecostal) pero sus efectos persisten en el tiempo, de manera sutil, contaminando el sistema de pensamiento de una civilización, la mentalidad, las políticas sociales y económicas, la visión misma del hombre y sus relaciones sociales.

Algunos efectos del arrianismo y del maniqueísmo, por ejemplo, todavía influencian cierta teología católica, así como otros de la Reforma, que pueden ser el ataque constante a la autoridad central y la universalidad de la Iglesia.

La consecuencia extrema de las ideas de Calvino, además,  lleva a la negación del libre albedrío y de la responsabilidad de las acciones humanas ante Dios y ha convertido al hombre en esclavo de dos entidades principales: el Estado en primer lugar y las corporaciones supranacionales privadas en segundo.

Quinta herejía: el islam

Belloc, en la línea de autores cristianos como Juan Damasceno, afirma que el islam  es una herejía cristiana, y además la más particular y formidable entre ellas, siendo completamente similar al docetismo y al arrianismo, al querer simplificar y racionalizar máximamente, según criterios humanos, el misterio insondable de la Encarnación (produciendo una degradación cada vez mayor de la naturaleza humana, que ya no está vinculada de ninguna manera con lo divino), y con el calvinismo, al dar un carácter predeterminado de Dios a las acciones humanas.

Sin embargo, si bien la “revelación” predicada por Mahoma comenzó como una herejía cristiana, su vitalidad y durabilidad inexplicables pronto le dieron la apariencia de una nueva religión, una especie de “post-herejía”. De hecho, el islam se diferencia de otras herejías por el hecho de que no nació en el mundo cristiano y porque su heresiarca no era un cristiano bautizado, sino un pagano que de repente hizo propias unas ideas monoteístas (una mezcla de doctrina heterodoxa judía y cristiana con pocos elementos paganos presentes en Arabia) y comenzó a difundirlos.

La base fundamental de la enseñanza de Mahoma es, en el fondo, lo que el cristianismo y el judaísmo siempre han profesado: solo hay un Dios. Desde el pensamiento judeocristiano, el islam también extrapoló los atributos de Dios, la naturaleza personal, la bondad suprema, la atemporalidad, la providencia, el poder creativo como origen de todas las cosas; la existencia de los espíritus buenos y de los ángeles, así como de los demonios rebeldes a Dios encabezados por Satanás; la inmortalidad del alma y la resurrección de la carne, la vida eterna, el castigo y la retribución después de la muerte.

El reto del capitalismo y del socialismo

Siempre con otros autores de la época, como el mismo G. K. Chesterton, Belloc fue un ardiente partidario del distributismo, una sistema socioeconómico elaborado para aplicar los principios de la doctrina social de la Iglesia católica enraizados en la experiencia benedictina (ora et labora) y expresados primero por el papa León XIII en la encíclica Rerum Novarum y luego por Pío XI en Quadragesimo Anno.

Según la doctrina del Distributismo, la propiedad de los medios de producción debe distribuirse lo más ampliamente posible entre la población en general, en lugar de estar centralizada bajo el control del estado (lo que pasa en el socialismo) o de unos pocos individuos ricos (en el capitalismo). Según Belloc, ambos fenómenos, el socialismo y el capitalismo, son un producto de las sociedades occidentales modernas y sin embargo, a pesar de sus proclamas que ensalzan las libertades, han sometido a la masa de los individuos a una nueva esclavitud. Y si bien estos dos modelos son básicamente antitéticos, tienen un elemento que los asemeja, es decir la expropiación de la libertad del ciudadano que ambos operan por igual: el socialismo con la subsistencia y el bienestar garantizados (esclavitud al estado); el capitalismo con el consumo de bienes que bienes que se proponen como necesarios y que muchas veces no lo son pero que, de hecho, obligan al hombre a desearlos cada vez más, hasta convertirse en esclavo de ellos (esclavitud a las corporaciones supranacionales privadas).

Un ejemplo práctico de la doctrina distributista es el deseo de que, a diferencia del socialismo (que no permite a las personas poseer bienes y sobre todo medios de producción) y del capitalismo (en el que unos pocos poseen la mayoría de los bienes disponibles), la mayoría de los ciudadanos sean propietarios de la casa en la que viven, de la tierra y de las herramientas necesarias para trabajarla. De hecho, el concepto de mayor y más amplia distribución de la propiedad no se extiende a todos los bienes, sino sólo a los medios de producción y al trabajo que producen riqueza y las cosas necesarias para que el hombre sobreviva.

El Distributismo, descrito a menudo como una tercera vía alternativa al socialismo y al capitalismo, se resume en el postulado de Chesterton: “Demasiado capitalismo no significa demasiados capitalistas, sino demasiado pocos capitalistas”.

Todos estos principios que analiza Belloc, aunque elaborados entre los siglos XIX y XX, representan muy bien algunos de los mayores retos del cristianismo contemporáneo, ya que están a la base de unas derivas económicas y del pensamiento de la sociedad occidental del mundo de hoy.

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Hombre vivo caminando

Dead man walking (“Hombre muerto caminando” o «Pena de muerte» en los países hispanos) es una película estadounidense de 1995, basada en la historia real de la hermana Hellen Prejean, consejera espiritual de Mathew Poncelet, un homicida condenado a muerte en Louisiana. En las cárceles de Estados Unidos, la expresión “hombre muerto caminando” se refiere, a un preso que está encarcelado en el ala especial de la prisión, reservada a los condenados a muerte, y que realiza su último viaje caminando desde su celda hasta el lugar de ejecución.

Si lo pensamos bien, y más hoy en día, ¡cuántos hombres muertos caminando hay en el mundo!, personas que no solamente estás sufriendo injusticias, enfermedades, pérdidas de seres queridos sino que ya no creen, no esperan y no aman nada.

Hombre vivo

Es por eso que se necesitan hombres vivos caminando en el mundo, y esta es, pues, la definición perfecta para el hombre cristiano, ya Hombre Vivo por excelencia, “que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos”. En la literatura encontramos dos excelentes ejemplos de tales hombres vivos: El idiota, del autor ruso Fiódor Dostoyevski, y el Manalive (Hombre vivo) del inglés Gilbert K. Chesterton. Los protagonistas de las dos novelas son personajes bastante ingenuos y excéntricos, pero muy compasivo, y especialmente Innocent Smith, el Hombre vivo de Chesterton, que consigue cambiar a mejor las situaciones las vidas de las personas con las que se cruza, a pesar de estar injustamente acusado de diversos delitos, simplemente porque es un hombre feliz que desea transmitir a los demás la alegría de su propia vida.

No sólo “Hombre vivo”, pues, sino “caminando”. Caminar, de hecho, era también típico de ese Hombre vivo que se desplazaba a pie por Galilea, Judea y Samaria hasta Jerusalén, haciendo el bien y curando a los oprimidos. Y este concepto ha sido asimilado por la antropología cristiana, que da a la peregrinación un significado no diferente, sino más rico y complejo que en la tradición judía.

Efectivamente, en el cristianismo la peregrinación ya no es sólo el desplazamiento de un punto a otro, sino la vida misma, una peregrinación física y espiritual por los caminos del mundo.

Ya en la Edad Media, al hombre cristiano se le consideraba homo viator, es decir, peregrino por definición, un ser que continuamente consagraba y re-consagraba, y no solamente a sí mismo, sino también los caminos sagrados que recorría (como el de Santiago de Compostela, la Vía Francígena o los caminos hacia Jerusalén). Sin embargo, no era tanto el hombre el que se sacralizaba con la peregrinación, sino todo lo contrario: el hombre nuevo, convertido en templo de Dios y cuerpo del Hombre vivo, era el instrumento de una teofanía, de una manifestación de lo divino, a través de las oraciones y del camino que recorría, es decir como Jesús pasaba haciendo el bien.

Hombre vivo que camina

Y esto puede relacionarse con el concepto antropológico de espacio (kaos) que se distingue del lugar (kosmos) precisamente por la presencia, en el kosmos, de lo sagrado, por lo que lo en un principio sería salvaje, lleno de demonios y supersticiones, inexplorado e incivilizado se convierte en consagrado a Dios, civilizado, bien ordenado, gobernado, seguro. A los caminos sagrados y los santuarios de la Europa medieval, por eso,  se los consideraba arterias de civilización y sacralidad en una tierra que, sin ellos, se quedaría bárbara. Pero esas arterias se hubiesen quedado vacías sin la sangre que corría por ellas, es decir los peregrinos, los Hombres vivos, la Vida.

Sin embargo, en un determinado momento de la historia, entre los siglos XIV y XV, las grandes peregrinaciones medievales, símbolo de una devoción de masas, de una teofanía de masas, dieron paso a un concepto que no las sustituyó, sino que las integró en la vida cotidiana: la devotio moderna, es decir, ese movimiento de renovación espiritual de los siglos XIV y XV que pretendía construir una religiosidad más íntima y subjetiva, una “espiritualidad individual”, frente a la piedad colectiva de la Edad Media. El “nosotros” se hace “yo”.

La devotio moderna, cuyo nacimiento se debe en particular a Geert Groote (1340-1384), diácono y predicador católico holandés, que tuvo como Magna Charta el libro La imitación de Cristo, de Tomás de Kempis, y que se centraba en la importancia del recogimiento individual y la oración, con la lectura personal de la Biblia y la imitación de Cristo en la vida ordinaria. De hecho, este movimiento, además de impulsar una reforma de la vida religiosa y de la formación individual, se concentró también en el apostolado de los laicos, extendiéndose desde Holanda a Bélgica, Alemania y Francia, llegando después a España e Italia, influyendo en algunos de los pilares de la Contrarreforma católica: el beato Jan van Ruusbroec, en Bélgica; santa Teresa de Ávila, san Juan de la Cruz y san Ignacio de Loyola, en España; san Felipe Neri, en Italia; san Francisco de Sales, en Francia.

¿Qué tienen en común todas estas grandes figuras que acabamos de enumerar?

Pues bien, son portadores de un mensaje antiguo, pero nuevo para la época: se puede ser santo sin ser sacerdote ni monje, pero también laico, en la vida cotidiana. Basta con ser un hombre vivo y caminar, o mejor dicho, pasar por el mundo viviendo su propia condición de hombre casado, trabajador, artista, profesional, etc. de forma santa y alegre. Ejemplo de ello fue, en particular, San Felipe Neri, quien fundó el Oratorio, cuya definición, de la palabra latina os, boca, indica la relación íntima, boca a boca, entre Dios y e hombre (en el cual Dios insufla aliento de vida), una relación diaria que  se caracteriza también por los encuentros de oración que este santo tenía con sus amigos, en las que se trataba familiarmente la Palabra de Dios y se compartía, y en las cuales los laicos eran parte activa, y no sólo pasiva (como durante las homilías de misa). Y hay que decir que el propio san Felipe, cuando “desarrollo” el Oratorio, era un laico.

Expertos EWTN - Hombre vivo Caminando - Gerardo Ferrara - Dead man walking

La santidad en lo cotidiano

Este concepto fue retomado también primero por San Francisco de Sales (considerado sucesor ideal de San Felipe Neri, ya que fue el primer oratoriano fuera de Italia) y, siglos después, por el fundador del Opus Dei, san Josemaría Escrivá de Balaguer, gran admirador de san Felipe Neri y san Francisco de Sales, y, por último, por el mismo Concilio Vaticano II. Leemos, de hecho, en la Exhortación Apostólica post-sinodal Christifideles Laici, de San Juan Pablo II:

«Los fieles laicos participan en el oficio sacerdotal. [—] Dice el Concilio hablando de los fieles laicos: «Todas sus obras, sus oraciones e iniciativas apostólicas, la vida conyugal y familiar, el trabajo cotidiano, el descanso espiritual y corporal, si son hechos en el Espíritu, e incluso las mismas pruebas de la vida si se sobrellevan pacientemente, se convierten en sacrificios espirituales aceptables a Dios por Jesucristo, [—] como adoradores que en todo lugar actúan santamente, consagran a Dios el mundo mismo». La participación en el oficio profético de Cristo [—] «habilita y compromete a los fieles laicos a acoger con fe el Evangelio y a anunciarlo con la palabra y con las obras, sin vacilar en denunciar el mal con valentía. [—] Son igualmente llamados a hacer que resplandezca la novedad y la fuerza del Evangelio en su vida cotidiana, familiar y social, como a expresar, con paciencia y valentía, en medio de las contradicciones de la época presente, su esperanza en la gloria «también a través de las estructuras de la vida secular». Por su pertenencia a Cristo, Señor y Rey del universo, los fieles laicos participan en su oficio real y son llamados por Él para servir al Reino de Dios y difundirlo en la historia. [—] Pero los fieles laicos están llamados de modo particular para dar de nuevo a la entera creación todo su valor originario. Cuando mediante una actividad sostenida por la vida de la gracia, ordenan lo creado al verdadero bien del hombre, participan en el ejercicio de aquel poder, con el que Jesucristo Resucitado atrae a sí todas las cosas y las somete, junto consigo mismo, al Padre, de manera que Dios sea todo en todos.»

Como vemos, la Exhortación Apostólica de San Juan Pablo II y el Concilio Vaticano II recogen perfectamente los conceptos expresados anteriormente y de los que han sido tan mensajeros los santos que hemos mencionado, para que todo hombre sea Hombre vivo y Homo sapiens. El ser humano, en efecto, está hecho de tierra (humus), pero también es sapiens (de la palabra latina sapere, que en un principio indica, más que el conocimiento, la sabiduría, es decir tener y dar sabor). Yo diría que si, como recomienda Pablo en su Carta a los Hebreos, nos fijamos en el desenlace de la vida de nuestros guías e imitamos su fe, podemos observar tres ingredientes básicos que pueden ayudarnos a nosotros también a ser Hombres vivos caminando y Homini sapientes (o sea plenamente humanos, pero también plenamente divinos, reyes profetas y sacerdotes que viven caminando en la vida diaria) pueden ayudarnos.

Son “las tres H”: humildad; humanidad; humor. Y son tres ingredientes para tener y dar más sabor y tres términos que derivan todos de la misma raíz latina humus, que es la de humilitas, humanitas, pero también la de homo (hombre):

·        Humilitas (humildad): conciencia de su propio límite, del hecho de estar compuestos de materia, de tierra; de ser pobres frente a la edad, la muerte, la enfermedad, la inevitabilidad del destino, el paso del tiempo, de Dios que es el Absoluto; de ser frágiles; de poder equivocarnos; y, al mismo tiempo, conciencia nuestro propio potencial y de nuestra unicidad. La humildad, la verdadera humildad, es, en una sola palabra, equilibrio (y San Francisco de Sales fue insuperable maestro a la hora de expresar ese equilibrio cristiano);

·        Humanitas (humanidad): consecuente a la humildad, la humanidad es ese respeto por uno mismo y por los demás que sólo puede venir de conocerse en relación con Dios primero y con el prójimo después. Sólo con humildad y humanidad se puede ser un don para los demás, respetando límites como las diferencias de edad, experiencia y cultura, y prestando atención a bienes como la cortesía, la educación y el respeto debido a Dios, en primer lugar, pero también a los mayores, a los patres, es decir, quienes nos guían con el ejemplo y las virtudes adquiridas con años de sacrificio, práctica y abnegación;

·        Humor (humor): la humildad que resulta de la conciencia de la propia limitación, unida a la alegría de la relación con los demás hombres, pero sobre todo unida a la felicidad de ser mirado y amado por Dios (quien “ha mirado la humildad de sus esclavos”) de estar rodeado de sus cuidados, de haber recibido el don de la Vida eterna, lleva a una inevitable ligereza: uno no se toma demasiado en serio a sí mismo y, aunque cometa errores, se perdona, con alegría. Dios se ha revestido de nuestra humanidad y nos ha revestido de su divinidad: ¿qué mejor noticia? Somos amados por el Amor: podemos, por tanto, reírnos de nuestros defectos y errores, pero también de los de los demás: una risa que no es burla ni escarnio de algo o de alguien, sino simplemente “hacer la vista gorda”.

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Las tres H: humildad; humanidad; humor. Y son tres ingredientes para tener y dar más sabor y tres términos que derivan todos de la misma raíz latina humus, que es la de humilitas, humanitas, pero también la de homo (hombre):

  • Humilitas (humildad): conciencia de su propio límite, del hecho de estar compuestos de materia, de tierra; de ser pobres frente a la edad, la muerte, la enfermedad, la inevitabilidad del destino, el paso del tiempo, de Dios que es el Absoluto; de ser frágiles; de poder equivocarnos; y, al mismo tiempo, conciencia nuestro propio potencial y de nuestra unicidad. La humildad, la verdadera humildad, es, en una sola palabra, equilibrio (y San Francisco de Sales fue insuperable maestro a la hora de expresar ese equilibrio cristiano).
  • Humanitas (humanidad): consecuente a la humildad, la humanidad es ese respeto por uno mismo y por los demás que sólo puede venir de conocerse en relación con Dios primero y con el prójimo después. Sólo con humildad y humanidad se puede ser un don para los demás, respetando límites como las diferencias de edad, experiencia y cultura, y prestando atención a bienes como la cortesía, la educación y el respeto debido a Dios, en primer lugar, pero también a los mayores, a los patres, es decir, quienes nos guían con el ejemplo y las virtudes adquiridas con años de sacrificio, práctica y abnegación.
  • Humor (humor): la humildad que resulta de la conciencia de la propia limitación, unida a la alegría de la relación con los demás hombres, pero sobre todo unida a la felicidad de ser mirado y amado por Dios (quien “ha mirado la humildad de sus esclavos”) de estar rodeado de sus cuidados, de haber recibido el don de la Vida eterna, lleva a una inevitable ligereza: uno no se toma demasiado en serio a sí mismo y, aunque cometa errores, se perdona, con alegría. Dios se ha revestido de nuestra humanidad y nos ha revestido de su divinidad: ¿qué mejor noticia? Somos amados por el Amor: podemos, por tanto, reírnos de nuestros defectos y errores, pero también de los de los demás: una risa que no es burla ni escarnio de algo o de alguien, sino simplemente “hacer la vista gorda”.

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