En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.

Cristo, Rey nuestro.
¡Venga tu Reino!

Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)

Señor, aquí estoy. Quiero escuchar tu voz en el interior de mi corazón. Sí, tu voz es como el rocío de la mañana, pasa por cada alma, en el silencio de la oración, y la refresca. Como María, me pongo a tus pies y escucho cada una de tus palabras.

Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Mateo 6, 7-15

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Cuando ustedes hagan oración, no hablen mucho, como los paganos, que se imaginan que a fuerza de mucho hablar serán escuchados. No los imiten, porque el Padre sabe lo que les hace falta, antes de que se lo pidan. Ustedes pues, oren así:

Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga tu Reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.

Danos hoy nuestro pan de cada día, perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en tentación y líbranos del mal.

Si ustedes perdonan las faltas a los hombres, también a ustedes los perdonará el Padre celestial. Pero si ustedes no perdonan a los hombres, tampoco el Padre les perdonará a ustedes sus faltas”.

Palabra del Señor.

Medita lo que Dios te dice en el Evangelio.

«¡Abba!» Padre, Papito, escúchame. Ve a esta pobre alma que se acerca a ti en el silencio de su corazón. Ve a esta pobre alma que se acerca sin saber qué decir. Que la boca se queda pegada al paladar y sólo puede decir «Abba».

Sin duda que tener un Padre al lado en cada momento de la vida es reconfortante. El saber que hay una mano amiga que sostiene y da seguridad. El saber que hay alguien en quien me puedo apoyar cuando la fuerza flaquea, Alguien que nunca me deja solo, que está en las buenas y en las malas.

Y sin embargo, qué abandonado estás Padre. A veces me ves e intentas decirme algo. Pero yo paso de largo. Voy a lo mío. Y te quedas con la boca abierta intentando decir algo porque ni te di la palabra, ni te mire, ni te di tiempo.

Veo a ese Padre lleno ilusión por mí. Ese Padre que me ha visto crecer. Ese Padre con el que hablaba sin palabras. Veo a ese Padre, que está orgulloso de su hijo porque ha crecido y ha tenido éxito. Veo a ese Padre hablando en silencio, esperando que alguien lo escuche. Mirando a lo lejos, esperando a su hijo.

Veo a ese hijo, alejado de la casa del Padre. Veo a ese hijo teniendo éxito. Veo a ese hijo hablando en silencio. Veo a ese hijo adulto, que ha olvidado aquellas horas que ha pasado con su Padre, con su «Papito».

Veo a ese Padre que corre al encuentro del hijo que entra a casa. Y veo a ese hijo que se deja abrazar por el Padre. Veo en ese silencio el fuerte amor que une a Padre e hijo. Veo en ese Padre a Dios y me veo en ese hijo.

«Jesús quiso introducir a los suyos en el misterio de la Vida, en el misterio de su vida. Les mostró –comiendo, durmiendo, curando, predicando, rezando– qué significa ser Hijo de Dios. Los invitó a compartir su vida, su intimidad y estando con Él, los hizo tocar en su carne la vida del Padre. Los hace experimentar en su mirada, en su andar la fuerza, la novedad de decir: “Padre nuestro”. En Jesús, esta expresión, “Padre Nuestro” no tiene el “gustillo” de la rutina o de la repetición, al contrario, tiene sabor a vida, a experiencia, a autenticidad. Él supo vivir rezando y rezar viviendo, diciendo: “Padre nuestro”. Y nos ha invitado a nosotros a lo mismo».
(Homilía de S.S. Francisco, 16 de febrero de 2016).

Diálogo con Cristo

Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.

Propósito

Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.

Hoy te ofrezco, Señor, dedicar un momento a hacer oración. Rezaré el Padrenuestro despacio y recordaré todo el amor que has tenido por mí.

Despedida

Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.

¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!

Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.