En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.

Cristo, Rey nuestro.
¡Venga tu Reino!

Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)

Señor, gracias por ofrecernos siempre tu amor y misericordia. Deseo acercarme a la fuente de tu amor y extenderte mi mano para que me eleves hacia ti, pues quiero conversar contigo. Infunde en mí la gracia de una fe profunda que te tenga como único sostén, la gracia de una esperanza sencilla que camine en la certeza de tu amparo, la gracia de un amor apasionado por donarse a ti. María, bajo tu manto guárdame y llévame a tu Hijo. Así sea.

Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Lucas 24, 46-53

En aquel tiempo, Jesús se apareció a sus discípulos y les dijo: “Está escrito que el Mesías tenía que padecer y había de resucitar de entre los muertos al tercer día, y que su nombre se había de predicar a todas las naciones, comenzando por Jerusalén, la necesidad de volverse a Dios para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de esto. Ahora yo les voy a enviar al que mi Padre les prometió. Permanezcan, pues, en la ciudad, hasta que reciban la fuerza de lo alto”.

Después salió con ellos fuera de la ciudad, hacia un lugar cercano a Betania: levantando las manos, los bendijo, y mientras los bendecía, se fue apartando de ellos y elevándose al cielo. Ellos, después de adorarlo, regresaron a Jerusalén, llenos de gozo, y permanecían constantemente en el templo, alabando a Dios.

Palabra del Señor.

Medita lo que Dios te dice en el Evangelio.

Cristo hoy nos dice: Me voy al Padre, pero no los dejaré solos, sino que les enviaré el Paráclito, mi Espíritu Santo. No tengan miedo, pues mi gracia estará con ustedes. Les mando como testigos de mi amor, como mensajeros de mi misericordia y perdón. El hombre necesita de mí, aun cuando, en confusa rebeldía, intente pretender desentenderse de mí. El hombre experimenta una aflicción profunda en la alegría superficial del mundo, que le conduce a abismos siempre más profundos. El hombre experimenta tristeza, aunque lo intente esconder en mi “ausencia”. El hombre aspira volver a mí, aunque quiera encontrar un gozo duradero en este mundo pasajero.

Yo les mando a ustedes, mis discípulos, que han conocido mi amor, a ser testigos de mi verdadero nombre. Mi nombre no es placer, mi nombre no es poder, mi nombre no es dinero ni salud, mi nombre es únicamente Amor y Misericordia.

Les mando ir a predicar a todo hombre, para que la inquietud más profunda de su alma tenga su respuesta en Mí. Les mando anunciar a todo hombre la necesidad de volverse a Mí, para que Yo perdone sus pecados, le acoja en mis brazos, le otorgue mi gracia y le dé a conocer mi amor.

Ustedes son mis testigos, les mando confiar en mí -y emprender el anuncio con gozo, pues tienen la certeza de mi gracia, y mi compañía en cada instante. Así sea.

«Esto es la tarea que Jesús da a sus discípulos. Si un discípulo se queda quieto y no sale, no dará jamás a los demás lo que ha recibido en el bautismo, no es un verdadero discípulo de Jesús: carece de la misionaridad, le falta salir de sí mismo para llevar algo de bien a los demás. El recorrido para el discípulo de Jesús es ir más allá, para llevar esta buena noticia. Si bien hay también otro recorrido del discípulo: el recorrido interior que busca al Señor cada día, también con la oración y en la meditación. El discípulo tiene que realizar este recorrido, porque si no busca siempre a Dios, al Evangelio que lleva a los otros, tendrá un evangelio débil, aguado, sin fuerza. Porque este doble recorrido es el doble camino que Jesús quiere para sus discípulos».
(Homilía de S.S. Francisco, 11 de junio de 2015, en Santa Marta).

Diálogo con Cristo

Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.

Propósito

Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.

Rezar un misterio del rosario por los cristianos perseguidos.

Despedida

Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.

¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!

Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.