Como afrontar la nueva evangelización
10 de junio de 2024

San Juan Pablo II al comenzar el tercer milenio invitaba a la Iglesia a “remar mar adentro” afrontando una nueva evangelización: “nueva en su ardor, en sus métodos y en su expresión”. Recordando que se debe evangelizar a las personas y también a la cultura. 

El objetivo de la nueva evangelización es el permitir que cada persona, tome contacto con Cristo y hacer la Iglesia todavía más apta para transmitir de manera persuasiva y comprensiva el Evangelio de salvación.  Pero esta misión extensiva  a la vida de la Iglesia será “«nueva» no en los contenidos, sino en el impulso interior, abierto a la gracia del Espíritu Santo, que constituye la fuerza del Evangelio y que renueva siempre a la Iglesia; «nueva» en la búsqueda de modalidades que  sean adecuadas a los tiempos y a las situaciones; «nueva» porque es necesaria incluso en países que ya han recibido el anuncio del Evangelio .”(Benedicto XVI, homilía en la solemnidad de los Santos apóstoles Pedro y Pablo, el 28 de junio 2010) y que hoy están mas cerca de ser tierra de misión, como muchos pises y regiones de Europa.

Ante este importante desafio conviene meditar, en como lo hizo nuestro Señor Jesucristo cuando pidio a los apóstoles «id a todo el mundo». Lo haremos de la mano del sacerdote D. Enrique Cases, que tan bien lo explica en su libro «Los 12 Apóstoles».

 

Id a todo el mundo.

Jesús dio un mandato imperativo a los Apóstoles: «Id al mundo entero y predicad el evangelio a toda criatura. El que crea y sea bautizado, se salvará; pero el que no crea, se condenará»[1].  Este mandato va acompañado con unos poderes extraordinarios: «a los que crean acompañarán estos milagros: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes y, si bebieren algún veneno, no les dañará; impondrán las manos a los enfermos y quedarán curados»[2]. Mateo es más explícito en el contenido de la misión apostólica: «Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo cuanto os he mandado»[3].

  ¿Qué formación proporcionó Jesús a los discípulos para una misión tan grande? Vale la pena meditarlo.

Las dimensiones de la misión apostólica son grandiosas, casi excesivas. Dirigirse a todos los pueblos de la tierra, enseñar una doctrina nueva, bautizar a los que crean, enseñarles un comportamiento moral. Sobrecoge pensar lo que lleva consigo esta misión: deben aprender lenguas, adaptarse a muchas culturas, superar fronteras, conseguir que cambien de religión y abandonen muchas tradiciones, predicar unas costumbres de vida rigurosas, y estar dispuestos a morir para desarrollar esa misión. Parece una tarea desproporcionada desde el punto de vista humano. Cierto que la fuerza más importante de que dispondrán es la gracia divina, pero la formación con la que Jesús prepara a los discípulos también cuenta, pues no conviene dejarles sin esa preparación humana, y Jesús no lo hace. Es más, la formación que les proporciona servirá a todos los apóstoles de todos los tiempos.

La formación apostólica va precedida de las anteriores. Difícil sería ir a todo el mundo si careciesen de virtudes humanas, o si no fuesen suficientemente rezadores y santos, o si su educación doctrinal fuese insuficiente. Nadie da lo que no tiene. En una ocasión, Jesús les dió una importante lección «al ver las muchedumbres: se llenó de compasión hacia ellos porque estaban cansados y abatidos, como ovejas sin pastor”. Entonces les muestra cómo la oración debe preceder al apostolado: «la mies es mucha pero los obreros pocos. Rogad, por tanto, al dueño de la mies que envíe obreros a la mies»[4]. No les dice que actúen con más eficacia, o que se organicen mejor, sino que recen pidiendo apóstoles. Lo primero para un apostolado eficaz será siempre la oración pues los frutos dependen de la gracia de Dios.

La constancia, la generosidad, la afabilidad, la perseverancia, la valentía, la audacia y todo el cortejo de virtudes guiado por la prudencia y regidos por la caridad, serán el acompañamiento necesario para cualquier trabajo apostólico. La falta de cualquier virtud repercute en malos ejemplos, retrasos, dificultad para conectar con los mejor dispuestos o para enfrentarse con las dificultades. Las virtudes humanas son un apoyo básico para el apostolado.

La doctrina bien asimilada será otra de las condiciones de un apostolado que debe comenzar por enseñar verdades. Si la verdad se asimila plenamente podrá adoptar formas muy variadas sin deformarse con la influencia de las culturas y religiones que encontrarán a lo largo del ancho mundo. No se puede hablar igual a los romanos que a los judíos o a los etíopes. No puede ser el mismo discurso para los sabios que para los ignorantes. La asimilación de la doctrina es fundamental para el apostolado, pues las conversiones deben ir precedidas siempre por la exposición de la doctrina.

Una vez adquiridas estas condiciones previas comienza la formación apostólica propiamente dicha. Unas veces serán consejos y mandatos, otras prácticas apostólicas.

Veamos primero la práctica. Acompañar a Jesús es lo primero, y así lo hacen cuando «recorría todas las ciudades y aldeas enseñando en las sinagogas, predicando el Evangelio del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia»[5]. Jesús comienza a enseñar haciendo las cosas Él; después vendrá la teoría.  Los apóstoles podían aprender en vivo los diversos modos de explicar la doctrina y las virtudes que ejercitaba Jesucristo. La diligencia para moverse de pueblo en pueblo, la afabilidad, generosidad y claridad de las predicaciones a los que acudían a ellos hasta no dejarles tiempo ni para comer, o la fortaleza y caridad para aceptar las conversaciones durante la noche robando tiempo al descanso, era el pan de cada día. La actividad era intensa y sin concesiones, aunque, en ocasiones, hiciese un alto para descansar, formar a los apóstoles o rezar con calma.  Ven cómo Jesús hace un apostolado abierto a todos sin excluir a nadie, trata a ricos y pobres, sabios e ignorantes, judíos y gentiles, jóvenes y ancianos. Todo esto forma parte de la formación de los discípulos.

Después del Sermón del Monte y de la elección de los Doce les envió a predicar delante de Él: «comenzó a enviarlos de dos en dos y les dio poder sobre los espíritus inmundos»[6]. Es fácil suponer el nerviosismo y la inquietud de todos ante aquella primera misión; la timidez y una cierta inseguridad se apodera de ellos, pero ahí reside una lección importante para el apostolado: aprenden a predicar predicando. Patos al agua es el método utilizado por Jesús. La lanza a la acción; pero con prudencia; por eso indica que vayan de dos en dos, así pueden apoyarse mutuamente y comunicarse seguridad en situaciones inesperadas. Marcos cuenta que «ellos se fueron predicando penitencia; y expulsaban a muchos demonios, y ungían con óleo a muchos enfermos y los curaban»[7]. La sorpresa ante los milagros que realizaban y su poder sobre los demonios debió ser extraordinaria: casi no podrían creérselo. Al mismo tiempo predicaban el arrepentimiento y muchos se convertían al oír sus palabras llenas de entusiasmo.

La vuelta de la primera salida apostólica debió ser exultante. Contaban sin parar sus aventuras, y al escuchar a los demás su gozo crece. ¡Es formidable lo que hemos sido capaces de hacer! Es cierto que Jesús les habla de dificultades y de persecuciones, pero les parecen nonadas después de lo que han experimentado haciendo milagros. El miedo suele agrandar los peligros ensanchándolos en la imaginación. El gozo y el entusiasmo unidos a los milagros y las conversiones les llenan de una confianza que si se convierte en excesiva podría traerles problemas no pequeños. Por eso Jesús, sin quitarles el entusiasmo, les previene ante el peligro de la presunción o de atribuirse a sí mismos los éxitos apostólicos o los milagros afirmando después de la predicación algo muy importante para sus vidas:

«volvieron los setenta y dos con alegría diciendo: Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre. El les dijo: Veía yo a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad, os he dado potestad para aplastar serpientes y escorpiones y sobre todo poder del enemigo, de manera que nada podrá haceros daño; pero no os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos más bien de que vuestros nombres están escritos en el Cielo»[8].

De hecho, en otra ocasión les previene con palabras fuertes para que no se confíen: «muchos me dirán aquel día: Señor, Señor, ¿pues no hemos profetizado en tu nombre, y arrojado los demonios en tu nombre, y hecho prodigios en tu nombre? Entonces yo les diré públicamente: jamás os he conocido: apartaos de mí, los que habéis obrado la iniquidad»[9]. El apóstol tiene ante sí   la tarea de aplicarse a sí mismo lo que enseña a otros y no envanecerse con las cosas buenas que Dios realiza a través de él. El apóstol es un instrumento libre en manos de Dios.

Las advertencias para un apostolado cristiano las recoge Mateo ampliamente. Se puede dividir en dos partes esos consejos y advertencias. Los primeros hacen referencia más directa a lo que deben realizar en aquel momento. Los segundos tienen un alcance más amplio, válido para todo tiempo y circunstancia.

Veamos los primeros consejos: «no vayáis  a los gentiles,  no entréis en ninguna ciudad de samaritanos: sino id más bien a las ovejas perdidas de Israel»[10]. Este mandato contrasta con el que les dará antes de ascender a los cielos, mandándoles que vayan a todos los pueblos de la tierra. Aquí podemos percibir la prudencia para formar a los suyos. Primero les manda lo más fácil, y cuando ya estén más experimentados podrán acudir a misiones más difíciles. El Señor sigue, a su vez, un orden, llamando primero a los judíos y después a los demás. En esta misma línea de pedir primero lo más sencillo está otro consejo: «al entrar en una ciudad o en una aldea informaos quién es digno; y quedaos allí hasta que partáis»[11]. Es natural que los más dignos sean los más preparados para aceptar la Buena nueva. Sería imprudente empezar de entrada por lo más difícil. Es cierto que el apostolado debe llegar a todos los hombres, pero empezar por los indignos o pecadores hostiles puede llevar a muchos esfuerzos y pocos frutos, mientras que, si se empieza por los bienes dispuestos se crea un núcleo que puede extender su influencia en círculos concéntricos y llegar, a través de los convertidos a aquellos que tenían malas disposiciones al principio de la predicación.

 

«El objetivo de la nueva evangelización es permitir a todos tomar contacto con Cristo para transmitir el Evangelio de salvación.»

Otro consejo hace referencia a los medios humanos: «no llevéis oro, ni plata, ni dinero en vuestras fajas, ni alforja para el camino, ni dos túnicas, ni bastón, porque el que trabaja merece su sustento»[12]. La confianza en Dios debe ser plena y se manifiesta en el abandono a la Providencia divina. Y si faltan los medios, Dios proveerá. En la vida de la Iglesia son tantas las iniciativas de almas realizadas sin medios adecuados, que la confianza queda reforzada por la experiencia. De hecho, en la Última Cena recordando Jesús ese período de su vida les dijo: «Cuando os envié sin bolsa ni alforjas, ni calzado, ¿acaso os faltó algo? Nada, le respondieron. Entonces les dijo: Ahora, en cambio, el que tenga bolsa, que la lleve; y del mismo modo alforja; y el que no tenga, que venda su túnica y compre espada»[13], es decir, una vez adquirida la confianza en Dios, ya podéis aplicar la prudencia humana para usar los medios humanos que estiméis más convenientes para vuestro apostolado.

En cuanto al modo de hacer apostolado les dice dos cosas. Primero dar la paz: «al entrar en una casa dadle vuestro saludo. Si la casa fuera digna, vuestra paz revierta a vosotros. Si alguien no os acoge ni escucha vuestras palabras, al salir de aquella casa o ciudad, sacudid el polvo de vuestros pies. En verdad os digo que en el día del Juicio habrá menos rigor para la tierra de Sodoma y Gomorra que para esa ciudad»[14].  El apostolado debe ser amable: paz para todos, y si responden mal, no usar venganza, pues para eso ya está el Juicio de Dios. Es cierto que la expresión sacudirse el polvo de los pies indica pena y tristeza, pero nunca venganza o represalia. Es más, supone que si rectifican estén muy contentos de volver a mancharse las sandalias del polvo de aquella población.

El segundo consejo muestra la esencia del apostolado: «en vuestra misión predicad y decid: El Reino  de los cielos se acerca»[15]. Ellos «partieron y predicaron que se arrepintiesen»[16].. El arrepentimiento y el Reino son el contenido básico de la predicación de entonces y de todos los tiempos. ¿De que servirían grandes teorías o verdades si uno no se convierte de sus pecados y se reconcilia con Dios? Por otra parte, la reconciliación se realizará a través de la Iglesia que forma el Reino de Dios en la tierra.

Después vienen los poderes extraordinarios que les concede: «curad a los enfermos, resucitad a los muertos, sanad a los leprosos, arrojad a los demonios, gratis lo recibisteis, dadlo gratis»[17]. Ya vimos la sorpresa y emoción de los Apóstoles ante la realización de este poder. En el mandato apostólico final el Señor reiterará poderes similares[18], y de hecho sucedió así muchas veces  en la Iglesia primitiva y han sido frecuentes los milagros a lo largo de la historia a  través de muchos santos . Sin embargo, esto no quiere decir que todos los cristianos puedan siempre realizar estos milagros al hacer apostolado, sino que vencerán al diablo y al pecado, causa de todos los males, y, si conviene, llegarán los milagros externos. La advertencia de hacer prodigios gratis fue importante al principio, como se hizo patente con el caso de Simón el Mago, que quería pagar para hacer milagros, pero hay que tenerlo siempre en cuenta para no negociar con los servicios espirituales.

El último grupo de advertencias previene ante las persecuciones. Muy pronto podrán experimentar los efectos del odio a Jesús en la Pasión, a pesar de que todo lo hizo bien. Pero ese aviso es importante en un momento en que la euforia podría engañarles con una falsa seguridad y un desconocimiento de la potencia del mal permitida por Dios para no aniquilar la libertad. Así habló el Señor:

«mirad que yo os envío como ovejas en medio de lobos. sed, pues, cautos como las serpientes y sencillos como las palomas. Guardaos de los hombres, porque os entregarán a los tribunales, os azotarán en sus sinagogas, y seréis llevados ante los gobernadores y reyes por causa mía, para que deis testimonio ante ellos y los gentiles. Pero cuando os entreguen, no os preocupéis de cómo o qué habéis de hablar; porque en aquel momento os será dado lo que habéis de decir. Pues no sois vosotros los que vais a hablar, sino el Espíritu de vuestro Padre quien hablará en vosotros. Entonces el hermano entregará a la muerte al hermano y el padre al hijo; y se levantarán los hijos contra los padres para hacerlos morir. Y seréis odiados de todos por causa de mi nombre; pero quien persevere hasta el fin, ése será salvo. cuando os persigan  en una ciudad, huid a otra; en verdad os digo que no acabaréis las ciudades de Israel antes de que venga el Hijo del Hombre»[19].

Es significativa la fidelidad de los discípulos a esta enseñanza del Maestro, invitándoles a la acción de conseguir nuevos prosélitos para el redil de Cristo. Es un ejemplo a seguir por todos los que nos llamamos cristianos. Basta recordar la antigua tradición que muestra a los Once con Matías distribuyéndose por el mundo para evangelizarlo en todas las direcciones.

[1]  Mc 16,15-16
[2]  Mc 16,17-19
[3]  Mt 28,19-20
[4]  Mt 9,37-38
[5]  Mt 9,35
[6]  Mc 6,7; Lc 9,1
[7]  Mc 6,12
[8]  Lc 10,16-20.
[9]  Mt 7,22-23
[10]  Mt 9,5-6
[11]  Mt 9,11
[12]  Mt 9,9-10; Mc 6,8-10; Lc 9,3
[13]  Lc 22,35-36
[14]  Mt 10,11-15; Mc 6,10-13; Lc 9,4-6.
[15]  Mt 10,7; Mc 6,7; Lc 9,1.
[16]  Mc 6,12.
[17]  Mt 10,8; Mc 6,7; Lc 9,1-2.
[18]   echarán demonios, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes y aunque bebieren un veneno mortífero no les dañará. impondrán las manos sobre los enfermos y quedarán sanos Mc 16,17-18.
[19]  Mt 10,16-23. cfr Lc 10,3;Jn 10,12;Act 20,29; Rom 16,19; Ef 5,15;Mc 13,9-13; Lc 21.12-17; Mt 24,7;24,14 ;Act 25,23; 27,24;Lc 12,11-12; Jn 14,26; 1 Cor 2,4; Mich 7,6; Jn 15,21.

 

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