Rol del demonio

Ya en otro tema se había hablado de Satanás cuando nos referíamos a la reflexión del Cielo y el infierno y a la de El Bien y el Mal.

El demonio también es llamado “el Príncipe de las Tinieblas”, y “El Príncipe de la Mentira”, dos referencias que no indican precisamente que sea “un príncipe”, simplemente sirven para darnos a entender que, de cierta manera, tiene una misión, si se nos permite la expresión.

En esencia, él es la maldad y su trabajo como promotor de las tinieblas se refiere precisamente a que siempre ha pretendido opacar la Luz que solamente proviene de Dios.

El demonio es también el promotor de la mentira, uno de los más grandes y frecuentes pecados en los que caemos los seres humanos.

Necesidad de resistir el pecado

Obviamente, la Luz siempre disipa a las tinieblas y como la verdad nos hace libres, es preciso procurar no decir mentiras.

Un autor católico acaba de escribir un interesante artículo que se refiere precisamente a esos dos aspectos tan negativos y que nos quiere imponer el demonio.

Entre otras cosas, ese autor dice que uno de los efectos de la maldad es de hacernos sentir que somos muy tontos, error que no nos permite ver la realidad, lo importante y lo imperecedero.

Como se mencionó en el tema del Bien y el Mal, a Satanás le conviene que nadie crea que existe. De esa manera puede “trabajar” con mayor astucia y sigilo en nuestras mentes y espíritus. Se le facilita más su labor.

Ceder a sus tentaciones es como construir una ciudad dentro de un cráter de un volcán supuestamente apagado. Tarde o temprano, sus murallas se derrumban y caen sobre la ciudad, sepultándola. También se corre el riesgo de que el cráter vuelva a hacer erupción

“La mentira – agrega el autor de referencia – es finalmente darnos cuenta que nuestra alma se ha introducido en un terrible y agobiante desierto, donde no hay nada, solo un espantoso calor y arena por dondequiera”.

Igualmente, el pecado nos lleva a no saber realmente quiénes somos: creaturas de Dios, seres amados por Dios, que no desea nuestra condenación eterna y nos da los medios para vivir “como hijos de la Luz” y, así, no caminar entre tinieblas.

En ocasiones, las tentaciones se nos presentan como la solución a nuestros problemas personales, como algo que está bien, que no hace daño o incluso como un camino más fácil de recorrer para lograr las metas que nos proponemos.

No obstante, la tentación es un sentimiento débil que no se percata de la presencia de Dios en nosotros, que Él está en lo profundo de nuestras almas, que se interesa por nosotros, nos busca, nos acompaña, nos guía y que, sobre todo, nos ama. Así, por muy grande que sea la tentación, podemos ignorarla, y es entonces cuando tomamos las riendas de nuestras vidas y decidimos vivir de la forma correcta.

Esta forma de vivir suele dar como resultado que no nos demos cuenta de que estamos cansados o insatisfechos y la verdadera importancia radica en la madurez profunda y serena que vamos adquiriendo y que, finalmente, permite que nuestro corazón tenga como centro a Cristo Nuestro Señor.

La vida de los católicos no se basa solamente en luchar para no caer en las tentaciones y mantener la Gracia que adquirimos como bautizados. Tampoco es solamente vivir con una serie de obstáculos y de batallas para defendernos constantemente.

Vivir centrados en Cristo es mucho mejor que eso. Es vencernos a nosotros mismos y dar un paso para encontrar el verdadero motivo de la existencia que es retribuir a Dios lo que nos ha dado; nos permite obrar siempre con buena fe, para ayudar al prójimo, para escucharlo, ayudarlo, apoyarlo o simplemente
otorgarle una sonrisa cuando lo necesite.

Cuando dejamos que el amor sea el verdadero motivo para vivir, en ese preciso instante la tentación se va desvaneciendo poco a poco, no tiene forma de atraparnos, se convierte en un algo vacío, sin nada. Puede ocurrir que algunas veces dejamos que la tentación se apodere de nosotros, pero debemos darnos cuenta de que somos fuertes y si la resististe y la venciste, solo forma parte del pasado, pues hemos conocido el perdón de Dios, perdón que ha limpiado nuestras almas y nuestros corazones para tener un sitio donde pueda habitar Cristo Jesús.

Cuando confesamos nuestras faltas, nos liberamos de un peso que cargábamos inútilmente en los hombros y, con ello, podemos vivir en paz para continuar con el rumbo.

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